sábado, 8 de enero de 2011

Los tiempos cambian...por nosotros

Camino a Shambala, al Paraíso, al Nirvana o a la felicidad pura. Es lo mismo, al final. Para qué darle nombre a algo que cualquier persona busca, independientemente de su sexo, condición social o religión. Porque el hombre está en su eterna búsqueda, aunque esté justo delante de ella. Sólo se encuentra cuando realmente se desea, cuando realmente se está dispuesto a cambiar el rumbo de tu vida.

Me he dado cuenta de esto cuando he visto el horror de agarrarse a la melancolía. He empezado a pensar en el poder del yo frente al mundo, en la fuerza del futuro querido frente al pasado inmutable. Porque el mundo cambiará, pero nosotros haremos que cambié.

No hay nada imposible, no hay gloria sin sacrificio, no hay vida sin buscarla, no hay luz sin fuego.

¿Existe Dios? Cuando le gritamos y le suplicamos desesperadamente, no. Cuando le pedimos con el corazón y con el alma, sí. Creer en un Ser Superior no corta alas, las hace volar. Él quiere que seamos libres y si tiene que ayudarnos para que entendamos nuestro albedrío sin ninguna supervisión, lo hará. Creer, esa es la clave para conseguir lo mejor que nos pasará en nuestra vida.

 ¿Hay dolor? Sí. ¿Hay sufrimiento? Por supuesto. ¿Podemos evitar a ambos? Para qué evitar algo que en el fondo nos ayudará a crecer y a madurar. Huir es absurdo, asumirlo es ver la vida desde un escalón más alto que los demás, donde los grandes hombres dictan el futuro y su voluntad al resto.

La belleza del camino es la dureza del mismo. En la montaña alta, la cúspide es la que nos hace ver que lo de abajo es superfluo, que es arriba nuestro lugar. Tras escalar tanto y tan pesadamente, valorar el trabajo finalizado es un momento de felicidad pura. Alguien nos gritará que debemos bajar. Je. Que nos podemos caer. Jeje. Que la falta de oxígeno nos va a marear. Jejeje. Estúpidos son los que piensan con tan escasa amplitud de miras. Porque el oxígeno, en ese momento, es la droga que nos encoge. Tener poco y acostumbrarse es el puro oxígeno, con el que saltamos y corremos más que el resto. Vivir siempre en la cúspide de la vida es, en definitiva, el verdadero camino a Shambala

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